Reseña de Patricia López Garrido.
Para los amantes de la literatura, los libros de libros y de librerías casi siempre suelen ser una delicia. Desde luego, La librería ambulante, de Christopher Morley, lo es y, si a eso le sumamos el encanto que desprende vender libros por el mundo como un alma libre, pues multiplícalo por dos.
Helen McGill es una mujer de cerca de cuarenta años que se libró de su destino de institutriz gracias a que ella y su hermano, Andrew, pusieron en marcha una granja ubicada en una zona rural del estado de Nueva York. La estabilidad de Helen se tambalea cuando Andrew escribe un libro que, para su sorpresa, se convierte en todo un éxito. A partir de entonces es Helen quien tiene que lidiar con los quehaceres diarios prácticamente sola y soportar que su hermano se ausente durante largos periodos de tiempo para recopilar datos y hacer trabajo de campo para sus libros.
Por eso, el día en que el profesor Roger Mifflin se presenta en la granja con la intención de venderle a Andrew El Parnaso, una librería ambulante dispuesta en un carro tirado por un caballo, Helen decide ser ella misma quien la compre para evitar que su hermano vuelva a dejarla sola y se embarque en una de sus nuevas aventuras.
Sin embargo, tras realizar el trato, Helen le da vueltas a un asunto: además de haber comprado El Parnaso para que Andrew no se marche, es hora de que ella se tome unas merecidas vacaciones después de quince años de entrega total a la granja y a su hermano.
Y así es como emprende su propia aventura, guiada en los primeros momentos por la experiencia del profesor Mifflin, que lleva años dirigiendo El Parnaso. Helen y Roger comparten unos cuantos días de travesía llevando libros a las granjas de la América más rural. Él pone en práctica todas sus técnicas, su entusiasmo y su sabiduría y ella, como nueva propietaria, se deja contagiar y aprende para poder continuar sola su periplo.
Tras varios incidentes, ventas, sitios y encuentros con gente que ama los libros y otros que algo menos, el profesor se debe marchar para coger un tren rumbo a Brooklyn y trabajar en su sueño, escribir un libro propio. Pero entonces, algo inesperado (o tal vez no) surge en su camino.
En este libro los protagonistas son los libros, y hay un gran número de referencias y citas. Pero, si por algo lo voy a elevar al top ten de mi lista de 2016 es porque en esta historia de las que me gustan en las que hay una persona que cambia de estilo de vida y emprende una aventura que, para más deleite mío, es una aventura con libros, y en itinerancia. Amantes de los libros y de los viajes, ¿qué más se puede pedir?
domingo, 27 de noviembre de 2016
lunes, 5 de septiembre de 2016
Un monstruo viene a verme, de Patrick Ness
Reseña de Patricia López Garrido.
El sábado 3 de septiembre comenzamos nueva temporada en el Club de Lectura de Parla Este, y ya van tres. Me hacía falta encarrilar mis lecturas tras un verano de cierta sequía y cambiar de temática. Y fue así como se me presentó el libro que reseño hoy.
A pesar de que no estaría entre mis favoritos principalmente por el género (juvenil, fantasía), Un monstruo viene a verme, de Patrick Ness, me ha parecido un cuento fluido, entretenido y con una historia reveladora: “Las historias son lo más salvaje de todo […] Las historias persiguen y muerden y cazan”.
Conor es un chico de 13 años que, desde que su madre cayó enferma, tiene una pesadilla recurrente de la que huye. Pero el tejo que ve desde su ventana reencarnado en monstruo empieza a aparecérsele un buen día a las 00:07 y le previene: Conor, yo te voy a contar tres historias y, cuando acabe, tú me contarás la tuya, la verdad.
Conor no cree tener nada interesante que contar. Desde que su madre está enferma no tiene contacto con casi nadie, los chicos del colegio se meten con él, los profesores lo compadecen, su padre ha rehecho su vida con una nueva familia y su abuela no es la típica afable de los cuentos.
Pero el monstruo insiste. Progresivamente, se le va apareciendo y contando historias que parecen tener un final y después tienen otro, o los dos a la vez. “Las historias eran criaturas salvajes, muy salvajes, y salían disparadas en la dirección que menos esperabas”.
Y, llegada la hora de la verdad, Conor se ve en la tesitura de pronunciar unas palabras que nunca en la vida hubiera querido pronunciar, pero que ha pensado, y que tienen que ver con la pesadilla recurrente que le atormenta. “¿Cómo pueden ser las dos cosas a la vez? […] Porque los humanos son animales complicados”.
Además de la trama de Conor con el monstruo, hay tramas paralelas en el colegio, con su abuela y con su padre que tendrán un hilo común. No merece la pena desvelar nada más en la reseña, aunque parezca un jeroglífico, porque todo se resuelve en las últimas páginas del libro. Lo que sí me parece interesante es que en todo momento te pongas en el lugar de Conor e intentes pensar, según avanza el libro, en la verdad que le puede llegar a atormentar de esa manera.
El libro está escrito de una forma sencilla y narrado como un cuento. Mezcla realidad y ficción y queda en manos del lector, a través de las pistas que ofrece el narrador, la interpretación. Es bastante corto y se lee rápido. Puede ser un buen libro para cerrar una etapa y abrir otra distinta, como me ha pasado a mí. Espero que disfrutéis de él como lo he hecho yo después de una temporada en la que me costaba horrores concentrarme en la lectura.
El sábado 3 de septiembre comenzamos nueva temporada en el Club de Lectura de Parla Este, y ya van tres. Me hacía falta encarrilar mis lecturas tras un verano de cierta sequía y cambiar de temática. Y fue así como se me presentó el libro que reseño hoy.
A pesar de que no estaría entre mis favoritos principalmente por el género (juvenil, fantasía), Un monstruo viene a verme, de Patrick Ness, me ha parecido un cuento fluido, entretenido y con una historia reveladora: “Las historias son lo más salvaje de todo […] Las historias persiguen y muerden y cazan”.
Conor es un chico de 13 años que, desde que su madre cayó enferma, tiene una pesadilla recurrente de la que huye. Pero el tejo que ve desde su ventana reencarnado en monstruo empieza a aparecérsele un buen día a las 00:07 y le previene: Conor, yo te voy a contar tres historias y, cuando acabe, tú me contarás la tuya, la verdad.
Conor no cree tener nada interesante que contar. Desde que su madre está enferma no tiene contacto con casi nadie, los chicos del colegio se meten con él, los profesores lo compadecen, su padre ha rehecho su vida con una nueva familia y su abuela no es la típica afable de los cuentos.
Pero el monstruo insiste. Progresivamente, se le va apareciendo y contando historias que parecen tener un final y después tienen otro, o los dos a la vez. “Las historias eran criaturas salvajes, muy salvajes, y salían disparadas en la dirección que menos esperabas”.
Y, llegada la hora de la verdad, Conor se ve en la tesitura de pronunciar unas palabras que nunca en la vida hubiera querido pronunciar, pero que ha pensado, y que tienen que ver con la pesadilla recurrente que le atormenta. “¿Cómo pueden ser las dos cosas a la vez? […] Porque los humanos son animales complicados”.
Además de la trama de Conor con el monstruo, hay tramas paralelas en el colegio, con su abuela y con su padre que tendrán un hilo común. No merece la pena desvelar nada más en la reseña, aunque parezca un jeroglífico, porque todo se resuelve en las últimas páginas del libro. Lo que sí me parece interesante es que en todo momento te pongas en el lugar de Conor e intentes pensar, según avanza el libro, en la verdad que le puede llegar a atormentar de esa manera.
El libro está escrito de una forma sencilla y narrado como un cuento. Mezcla realidad y ficción y queda en manos del lector, a través de las pistas que ofrece el narrador, la interpretación. Es bastante corto y se lee rápido. Puede ser un buen libro para cerrar una etapa y abrir otra distinta, como me ha pasado a mí. Espero que disfrutéis de él como lo he hecho yo después de una temporada en la que me costaba horrores concentrarme en la lectura.
viernes, 19 de agosto de 2016
Claus y Lucas, Agota Kristoff
Reseña escrita por Johan R. Wilbur.
A lo mejor es cierto, tengo debilidad por los libros tristes o chocantes. Quizás sea por eso que, El gran cuaderno, la primera novela que leí de Agota Kristof, me pareció sencillamente magistral. Al principio pensé que era porque la tristeza que me provocó no la había experimentado desde que leí La carretera, de Cormac McCarthy, pero también sabía que había algo más en la historia de los gemelos.
Indagué y releí una mil veces algunas partes y llegué a una conclusión. Kristof era una maestra en una cosa, en pegarte de hostias a base de no rellenar innecesariamente. Cada capítulo no tiene más extensión que unas cuantas páginas. La manera de narrar es directa y sin florituras literarias superfluas. La crueldad existe. El realismo existe. Los diálogos existen. La violencia… Todo está ahí, a base de frases lapidarias y situaciones que, a priori, pueden resultar demasiado chocantes, pero que en el contexto están implementadas tan “a tiempo”, nada resalta demasiado e, igualmente, te dejan como si te arrollara un tren.
Veamos cómo enfoco esta reseña sin repetirme.
La historia completa de Claus y Lucas la forman tres novelas:
El primero de ellos es el que nos ocupa. En El gran cuaderno, nos encontramos el diario que día a día van escribiendo Claus y Lucas, una pareja de gemelos a los que su madre quiere librar de los horrores de la guerra a la que está sometida la ciudad, llevándolos a casa de su abuela, que vive en las afueras sola, y que estén a salvo. Al llegar conocemos a la abuela, una señora avara, déspota y desagradable como ella sola, la cual no quiere saber nada de ellos y que solo accede a quedarse con los niños por un pago y con la promesa de que le ayuden a trabajar. Poco a poco los niños se irán recrudeciendo, en parte debido al exterior y en parte porque, en fin, realmente solo se tienen el uno al otro y eso de la soledad unido a vivir con su alrededor en guerra pues no les hace mucho bien que digamos.
Esto sería a grandes rasgos el argumento.
Podría hablar de la enorme diferencia entre la primera parte y las dos restantes que componen la trilogía, pero sería meterme a contar demasiado ya. Así que intentaré no extenderme y solo diré que me provocó (y a día de hoy todavía me provoca) dudas.
Dudas porque no sé si pensar si el tiempo transcurrido entre una parte y otra tuvo que ver en las decisiones y las transformaciones radicales que va sufriendo la historia de los dos gemelos desde el principio al final, o si por el contrario ya desde el principio tenía pensado cada giro y pasaje de los que vamos viviendo con los personajes.
Sobre todo dudo porque el primero como historia autoconclusiva y el formato me parece muy bien hilado y cerrado, pero al empezar el segundo enseguida ves un cambio de tono y dudas y un par de cosas que parece que vayan a quedarse sin resolver. Y luego ya la tercera parte es aún más confusa y ya como no releas un par de veces es fácil caer en la confusión o el confundir unos personajes con otros.
Cabe añadir que esta última parte, pese a desenvolverse de forma bastante notable hay veces que te dan ganas de hacerte un esquema con fotos o algo así para aclararte con los detalles más nimios y me acabó corroyendo el no entender si esa fue la intención o si es que simplemente cometió errores. Pero bueno, a nivel personal me dejó una sensación muy confusamente satisfactoria (toma ya) al terminar.
En resumen, El gran cuaderno me parece una novela increíble. Con giros de guión y situaciones incómodas a montones. Con un estilo escueto y parco en detalles, pero que no necesita adorno alguno. Con unos protagonistas que van cambiando de principio a fin y un final al que llegas con tantos palos en la espalda a cuestas que acaba resultando tan devastador como la misma guerra en la que se ambienta toda la historia. Imprescindible, siempre y cuando como lector aguantemos los momentos más duros de la misma.
A destacar: Leer la trilogía entera y no quedarte solo con la primera parte. Es una historia dura, sin concesiones ni esperanzas ni respiro alguno. Un acumular de desazón y de desamparo. Una crueldad realista y llena de situaciones de las que no quieres dejar de leer pese a que a veces te den ganas de apartar la mirada.
A lo mejor es cierto, tengo debilidad por los libros tristes o chocantes. Quizás sea por eso que, El gran cuaderno, la primera novela que leí de Agota Kristof, me pareció sencillamente magistral. Al principio pensé que era porque la tristeza que me provocó no la había experimentado desde que leí La carretera, de Cormac McCarthy, pero también sabía que había algo más en la historia de los gemelos.
Indagué y releí una mil veces algunas partes y llegué a una conclusión. Kristof era una maestra en una cosa, en pegarte de hostias a base de no rellenar innecesariamente. Cada capítulo no tiene más extensión que unas cuantas páginas. La manera de narrar es directa y sin florituras literarias superfluas. La crueldad existe. El realismo existe. Los diálogos existen. La violencia… Todo está ahí, a base de frases lapidarias y situaciones que, a priori, pueden resultar demasiado chocantes, pero que en el contexto están implementadas tan “a tiempo”, nada resalta demasiado e, igualmente, te dejan como si te arrollara un tren.
Veamos cómo enfoco esta reseña sin repetirme.
La historia completa de Claus y Lucas la forman tres novelas:
- El gran cuaderno
- La prueba
- La tercera mentira
El primero de ellos es el que nos ocupa. En El gran cuaderno, nos encontramos el diario que día a día van escribiendo Claus y Lucas, una pareja de gemelos a los que su madre quiere librar de los horrores de la guerra a la que está sometida la ciudad, llevándolos a casa de su abuela, que vive en las afueras sola, y que estén a salvo. Al llegar conocemos a la abuela, una señora avara, déspota y desagradable como ella sola, la cual no quiere saber nada de ellos y que solo accede a quedarse con los niños por un pago y con la promesa de que le ayuden a trabajar. Poco a poco los niños se irán recrudeciendo, en parte debido al exterior y en parte porque, en fin, realmente solo se tienen el uno al otro y eso de la soledad unido a vivir con su alrededor en guerra pues no les hace mucho bien que digamos.
Esto sería a grandes rasgos el argumento.
Podría hablar de la enorme diferencia entre la primera parte y las dos restantes que componen la trilogía, pero sería meterme a contar demasiado ya. Así que intentaré no extenderme y solo diré que me provocó (y a día de hoy todavía me provoca) dudas.
Dudas porque no sé si pensar si el tiempo transcurrido entre una parte y otra tuvo que ver en las decisiones y las transformaciones radicales que va sufriendo la historia de los dos gemelos desde el principio al final, o si por el contrario ya desde el principio tenía pensado cada giro y pasaje de los que vamos viviendo con los personajes.
Sobre todo dudo porque el primero como historia autoconclusiva y el formato me parece muy bien hilado y cerrado, pero al empezar el segundo enseguida ves un cambio de tono y dudas y un par de cosas que parece que vayan a quedarse sin resolver. Y luego ya la tercera parte es aún más confusa y ya como no releas un par de veces es fácil caer en la confusión o el confundir unos personajes con otros.
Cabe añadir que esta última parte, pese a desenvolverse de forma bastante notable hay veces que te dan ganas de hacerte un esquema con fotos o algo así para aclararte con los detalles más nimios y me acabó corroyendo el no entender si esa fue la intención o si es que simplemente cometió errores. Pero bueno, a nivel personal me dejó una sensación muy confusamente satisfactoria (toma ya) al terminar.
En resumen, El gran cuaderno me parece una novela increíble. Con giros de guión y situaciones incómodas a montones. Con un estilo escueto y parco en detalles, pero que no necesita adorno alguno. Con unos protagonistas que van cambiando de principio a fin y un final al que llegas con tantos palos en la espalda a cuestas que acaba resultando tan devastador como la misma guerra en la que se ambienta toda la historia. Imprescindible, siempre y cuando como lector aguantemos los momentos más duros de la misma.
A destacar: Leer la trilogía entera y no quedarte solo con la primera parte. Es una historia dura, sin concesiones ni esperanzas ni respiro alguno. Un acumular de desazón y de desamparo. Una crueldad realista y llena de situaciones de las que no quieres dejar de leer pese a que a veces te den ganas de apartar la mirada.
Historia de una maestra, de Josefina Aldecoa
Reseña escrita por Patricia López Garrido.
Tan pronto, y ya he encontrado uno de los que, sin duda, serán mis libros favoritos de 2016. Lo supe enseguida por dos cosas. Primero, porque he leído mucho acerca de la Guerra Civil y también de la Posguerra, pero muy poco de los años previos, los que corresponden a la Segunda República Española. Segundo, porque aunque soy periodista, mi vocación frustrada es la de maestra y muchos de los valores relacionados con la educación de los que se hablan en las páginas de Historia de una maestra, de Josefina Aldecoa, son los míos propios.
Gabriela es una muchacha de un pueblo de Castilla que ha estudiado para maestra en la Escuela Normal. Con la ilusión propia de los jóvenes, la fuerza, las ganas y una fe enorme en la educación, inicia su vida laboral en diversos pueblos rurales de España en los que encuentra pobreza, marginación y pocos recursos, pero niños y adultos en su mayor parte dispuestos a aceptarla y a aprender.
Uno de los episodios más bonitos del libro sucede una vez Gabriela ha aprobado las oposiciones y puede elegir libremente una plaza para ejercer su profesión. “Los niños eran todos negros. La mía era la escuela nacional y gratuita y sólo los negros la frecuentaban. Todos dijeron que estaba loca cuando la elegí. Yo tenía 24 años y afán de aventuras”. Efectivamente, en esta época, Guinea Ecuatorial era una colonia española y es a este lugar a donde Gabriela decide marcharse y donde vive esa experiencia que recuerda luego a lo largo de toda su vida (me he acordado un poco de Palmeras en la nieve, de Luz Gabás :)
Pero esta época termina y Gabriela regresa a España. Corren los primeros años de la década de los 30 y, como se espera de ella, se casa con un maestro. Juntos emprenderán una nueva etapa en la que serán los encargados de llevar los colegios de dos pueblos muy próximos. “Ya saben hablar, me decía. Han aprendido a expresar lo que piensan”.
Para entonces, los movimientos republicanos, muy apoyados en la educación, comienzan a revolotear hasta que se proclama la Segunda República el 14 de abril de 1931, justo cuando nace la hija de Gabriela y Ezequiel, Juana. “Lo primero la educación, don Ezequiel, la educación y la cultura para ser capaces de sacar el país adelante”.
A partir de aquí, y asentados en un nuevo pueblo, minero, el matrimonio se erige como parte importante de los cabecillas que defienden los valores de la República. “Digo yo, señora maestra, que si todos supiéramos más de libros y menos de tabernas, nos engañarían menos y seríamos más felices”. Pero Gabriela, absorbida en gran parte por la maternidad y su trabajo en la escuela, va descolgándose de los vaivenes de su marido.
Historia de una maestra es un libro de esos que dejan huella profunda. Por lo menos a mí, que tengo tanta fe en la educación como elemento para resolver los problemas sociales que más nos acechan. Pero, además, es capaz de contagiarte el entusiasmo de todos aquellos que lucharon por conquistar un sueño, pero no un sueño particular, sino uno colectivo, y tampoco un sueño material, como los que solemos tener hoy en día, sino uno en el que el conocimiento es la llave del progreso.
Desde luego, me quedo con todas esas frases que he ido intercalando en la reseña porque son un síntoma de la importancia que tiene la educación para un país, a pesar de que aún no hemos resuelto el problema, incluso habiendo pasado nada menos que más de 80 años de aquellos tiempos.
Tan pronto, y ya he encontrado uno de los que, sin duda, serán mis libros favoritos de 2016. Lo supe enseguida por dos cosas. Primero, porque he leído mucho acerca de la Guerra Civil y también de la Posguerra, pero muy poco de los años previos, los que corresponden a la Segunda República Española. Segundo, porque aunque soy periodista, mi vocación frustrada es la de maestra y muchos de los valores relacionados con la educación de los que se hablan en las páginas de Historia de una maestra, de Josefina Aldecoa, son los míos propios.
Gabriela es una muchacha de un pueblo de Castilla que ha estudiado para maestra en la Escuela Normal. Con la ilusión propia de los jóvenes, la fuerza, las ganas y una fe enorme en la educación, inicia su vida laboral en diversos pueblos rurales de España en los que encuentra pobreza, marginación y pocos recursos, pero niños y adultos en su mayor parte dispuestos a aceptarla y a aprender.
Uno de los episodios más bonitos del libro sucede una vez Gabriela ha aprobado las oposiciones y puede elegir libremente una plaza para ejercer su profesión. “Los niños eran todos negros. La mía era la escuela nacional y gratuita y sólo los negros la frecuentaban. Todos dijeron que estaba loca cuando la elegí. Yo tenía 24 años y afán de aventuras”. Efectivamente, en esta época, Guinea Ecuatorial era una colonia española y es a este lugar a donde Gabriela decide marcharse y donde vive esa experiencia que recuerda luego a lo largo de toda su vida (me he acordado un poco de Palmeras en la nieve, de Luz Gabás :)
Pero esta época termina y Gabriela regresa a España. Corren los primeros años de la década de los 30 y, como se espera de ella, se casa con un maestro. Juntos emprenderán una nueva etapa en la que serán los encargados de llevar los colegios de dos pueblos muy próximos. “Ya saben hablar, me decía. Han aprendido a expresar lo que piensan”.
Para entonces, los movimientos republicanos, muy apoyados en la educación, comienzan a revolotear hasta que se proclama la Segunda República el 14 de abril de 1931, justo cuando nace la hija de Gabriela y Ezequiel, Juana. “Lo primero la educación, don Ezequiel, la educación y la cultura para ser capaces de sacar el país adelante”.
A partir de aquí, y asentados en un nuevo pueblo, minero, el matrimonio se erige como parte importante de los cabecillas que defienden los valores de la República. “Digo yo, señora maestra, que si todos supiéramos más de libros y menos de tabernas, nos engañarían menos y seríamos más felices”. Pero Gabriela, absorbida en gran parte por la maternidad y su trabajo en la escuela, va descolgándose de los vaivenes de su marido.
Historia de una maestra es un libro de esos que dejan huella profunda. Por lo menos a mí, que tengo tanta fe en la educación como elemento para resolver los problemas sociales que más nos acechan. Pero, además, es capaz de contagiarte el entusiasmo de todos aquellos que lucharon por conquistar un sueño, pero no un sueño particular, sino uno colectivo, y tampoco un sueño material, como los que solemos tener hoy en día, sino uno en el que el conocimiento es la llave del progreso.
Desde luego, me quedo con todas esas frases que he ido intercalando en la reseña porque son un síntoma de la importancia que tiene la educación para un país, a pesar de que aún no hemos resuelto el problema, incluso habiendo pasado nada menos que más de 80 años de aquellos tiempos.
martes, 3 de mayo de 2016
Estupor y temblores, de Amélie Nothomb
Reseña de Patricia López Garrido.
Vuelvo para reseñar un libro que elegimos para la reunión de este mes del Club de Lectura. Se trata de Estupor y temblores, una novela de la que la misma autora, Amélie Nothomb, dijo que era autobiográfica, y que cuenta la historia de una joven occidental (belga, para más señas) que consigue un empleo en una importante compañía nipona en Tokio.
Lo que sigue después es un relato espeluznante de cómo “trabaja” la sobre-jerarquizada sociedad japonesa: “El señor Haneda era el superior del señor Omochi, que era el superior del señor Saito, que era el superior de la señorita Mori, que era mi superiora. Y yo no era la superiora de nadie”.
En realidad no sé muy bien en calidad de qué entra a trabajar Amélie a esta empresa pero su primera función es contestar a una carta de su jefe. Todos los esfuerzos en vano porque cada vez que Amélie le presenta un borrador su superior acaba destruyéndolo. Después reparte el correo, sirve el café, cambia los días de los calendarios de sus colegas y hace fotocopias,...
Solo un buen hombre de la empresa le da, a escondidas, la oportunidad que estaba esperando pero cuando sus superiores se enteran, en especial Fubuki (la señorita Mori) entre en cólera y comienza a atribuirle los peores trabajos de que es capaz, hasta que la relega a limpiar los baños de la oficina.
Aun con esas, Amélie no dimite (en Japón dimitir debe de constituir un agravio para ambas partes) e intenta sacar el lado bueno de lo que hace hasta cumplir el año de contrato firmado. Entre todas estas peripecias, la protagonista y autora hace una radiografía de la sociedad nipona, de la jerarquía y del papel de la mujer, incluso de los suicidios en este país.
En definitiva, un libro fácil de leer, cortito y con el que, quieras que no, se establecen ciertas semejanzas con los trabajos occidentales de hoy en día: superiores mediocres, trabajadoras cualificados, trabajos repetitivos, tareas humillantes,… Para reflexionar.
Vuelvo para reseñar un libro que elegimos para la reunión de este mes del Club de Lectura. Se trata de Estupor y temblores, una novela de la que la misma autora, Amélie Nothomb, dijo que era autobiográfica, y que cuenta la historia de una joven occidental (belga, para más señas) que consigue un empleo en una importante compañía nipona en Tokio.
Lo que sigue después es un relato espeluznante de cómo “trabaja” la sobre-jerarquizada sociedad japonesa: “El señor Haneda era el superior del señor Omochi, que era el superior del señor Saito, que era el superior de la señorita Mori, que era mi superiora. Y yo no era la superiora de nadie”.
En realidad no sé muy bien en calidad de qué entra a trabajar Amélie a esta empresa pero su primera función es contestar a una carta de su jefe. Todos los esfuerzos en vano porque cada vez que Amélie le presenta un borrador su superior acaba destruyéndolo. Después reparte el correo, sirve el café, cambia los días de los calendarios de sus colegas y hace fotocopias,...
Solo un buen hombre de la empresa le da, a escondidas, la oportunidad que estaba esperando pero cuando sus superiores se enteran, en especial Fubuki (la señorita Mori) entre en cólera y comienza a atribuirle los peores trabajos de que es capaz, hasta que la relega a limpiar los baños de la oficina.
Aun con esas, Amélie no dimite (en Japón dimitir debe de constituir un agravio para ambas partes) e intenta sacar el lado bueno de lo que hace hasta cumplir el año de contrato firmado. Entre todas estas peripecias, la protagonista y autora hace una radiografía de la sociedad nipona, de la jerarquía y del papel de la mujer, incluso de los suicidios en este país.
En definitiva, un libro fácil de leer, cortito y con el que, quieras que no, se establecen ciertas semejanzas con los trabajos occidentales de hoy en día: superiores mediocres, trabajadoras cualificados, trabajos repetitivos, tareas humillantes,… Para reflexionar.
Si decido quedarme, de Gayle Forman
Reseña de Patricia López Garrido.
Cotilleando en los resúmenes de lecturas de octubre de los blogs que sigo, llegué al nuevo libro de Gayle Forman, Yo estaba aquí. Después, investigando, llegué a su novela más exitosa hasta el momento, Si decido quedarme y, aunque ya sabéis qué opino de las novelas protagonizadas por adolescentes, quise saber cómo resolvía la autora el entuerto en el que metió a Mia (por cierto, que con este libro igualo el número que leí el año pasado. Y me quedan aun siete para el reto de 40 de este año).
Mia es una joven promesa del violonchelo que, por casualidad, queda en coma tras sufrir un accidente de coche con su familia (su madre, su padre y su hermano) en el que la única superviviente de los cuatro es ella.
Pero mantenerse en el mundo o morir es algo que ella debe decidir desde el estado en el que se encuentra. Para ello, recorre toda su vida recordando cómo fue su relación con sus padres, con su hermano, Teddy, con su novio, Adam, con su mejor amiga, Kim, con sus abuelos,… También revive anécdotas, rememora lugares y visualiza su futuro pero, sobre todo, relata su pasión por la música clásica, en especial, por el violonchelo.
A la vez, intercala retazos de lo que sucede en el hospital donde se encuentra ingresada en la UCI, lugar por el que pasan a visitarla y a pedirla que se quede con ellos las personas más importantes de su vida que todavía están. A pesar de su estado, ella puede oírlos y verlos, aunque no tocarlos, y sus testimonios, junto con los recuerdos, le darán la clave para decidir si se va con sus padres y con su hermano o se queda con los demás.
Como veis por el resumen, se trata de un libro duro por la temática que trata. Te hace reflexionar acerca de la instantaneidad, del segundo que todo lo cambia, de la tragedia,… pero también de la vida, de las razones que tiene cada uno para salir adelante, de la fortaleza emocional necesaria para proceder en una situación como esta… Es también una novela repleta de anécdotas, de esas que van conformando la vida poquito a poco, de las pequeñas cosas que dan sentido a los días.
La recomiendo porque, además de todo lo anterior, es fácil de leer, engancha y te hace mirar al horizonte varias veces, con la cabeza perdida… Y te obliga a pensar.
Cotilleando en los resúmenes de lecturas de octubre de los blogs que sigo, llegué al nuevo libro de Gayle Forman, Yo estaba aquí. Después, investigando, llegué a su novela más exitosa hasta el momento, Si decido quedarme y, aunque ya sabéis qué opino de las novelas protagonizadas por adolescentes, quise saber cómo resolvía la autora el entuerto en el que metió a Mia (por cierto, que con este libro igualo el número que leí el año pasado. Y me quedan aun siete para el reto de 40 de este año).
Mia es una joven promesa del violonchelo que, por casualidad, queda en coma tras sufrir un accidente de coche con su familia (su madre, su padre y su hermano) en el que la única superviviente de los cuatro es ella.
Pero mantenerse en el mundo o morir es algo que ella debe decidir desde el estado en el que se encuentra. Para ello, recorre toda su vida recordando cómo fue su relación con sus padres, con su hermano, Teddy, con su novio, Adam, con su mejor amiga, Kim, con sus abuelos,… También revive anécdotas, rememora lugares y visualiza su futuro pero, sobre todo, relata su pasión por la música clásica, en especial, por el violonchelo.
A la vez, intercala retazos de lo que sucede en el hospital donde se encuentra ingresada en la UCI, lugar por el que pasan a visitarla y a pedirla que se quede con ellos las personas más importantes de su vida que todavía están. A pesar de su estado, ella puede oírlos y verlos, aunque no tocarlos, y sus testimonios, junto con los recuerdos, le darán la clave para decidir si se va con sus padres y con su hermano o se queda con los demás.
Como veis por el resumen, se trata de un libro duro por la temática que trata. Te hace reflexionar acerca de la instantaneidad, del segundo que todo lo cambia, de la tragedia,… pero también de la vida, de las razones que tiene cada uno para salir adelante, de la fortaleza emocional necesaria para proceder en una situación como esta… Es también una novela repleta de anécdotas, de esas que van conformando la vida poquito a poco, de las pequeñas cosas que dan sentido a los días.
La recomiendo porque, además de todo lo anterior, es fácil de leer, engancha y te hace mirar al horizonte varias veces, con la cabeza perdida… Y te obliga a pensar.
martes, 19 de abril de 2016
Medusa, de Ricardo Menéndez Salmón
Reseña escrita por Patricia López Garrido.
El fin de semana pasado celebrábamos la Feria del Libro y la Cultura de Parla, un evento que cumple ya tres años y alrededor del que nos juntamos muchos de los amantes de los libros. En cada edición, el Club de Lectura de Parla Este ha tenido un huequito para reunirse en el marco de esta Feria, pero este año ha sido especial porque, al fin, hemos puesto cara a los integrantes del resto clubes de lectura.
Y lo hicimos alrededor de una obra que me ha parecido muy especial en muchos sentidos, ya que abre un debate en torno a una faceta que toca muy de cerca a los periodistas: ¿es moral ser testigo de sucesos atroces sin hacer nada? Ahora lo veremos.
El moderador del debate, el escritor parleño Carlos Lapeña, me pidió que abriera la sesión y lo quise hacer mostrando aquello que más me había marcado del libro que, paradójicamente, no tiene que ver con el tema central que os he dicho en el párrafo anterior. Medusa, de Ricardo Menéndez Salmón, me ha transmitido mucha belleza en la forma, es decir, es un libro exquisitamente escrito, es prosa que parece verso. Además, en muchas de las páginas encuentras perlas de reflexión de esas que te hacen bajar el libro, mirar a la nada al horizonte y quedarte un rato pensando.
Pero, en realidad, la temática de esta novela es devastadora. Prohaska es un artista alemán que trabaja para el Ministerio del Reich para la Ilustración Pública y Propaganda. En el desempeño de su trabajo como fotógrafo, inmortaliza las escenas más duras y sombrías de la Alemania nazi; capta verdaderas atrocidades escondido detrás de su objetivo.
En el debate que mantuvimos los miembros de los clubes de lectura de Parla había sensaciones encontradas. Por un lado, muchos pensaban que Prohaska era tan culpable como los monstruos que cometían verdaderas barbaridades contra los judíos mientras que otros, por el recorrido del personaje, por la forma de ser que nos relata el autor, y por otra serie de características que se narran en la novela, pensábamos que Prohaska era una persona que fue testigo de esa situación pero que también pudo serlo en otra. De hecho, dice de sí mismo en un momento del relato: “Si Alemania hubiera sido comunista, yo hubiera sido su fotógrafo. Pero mi Alemania adulta fue fascista. Y yo, que no tengo ideología, estaba allí”.
Desde luego, el libro relata la culpa y las secuelas personales que este trabajo deja en Prohaska, que un día abandona su Alemania natal para no volver y viajar por el mundo retratando el horror y la barbarie alrededor del globo. ¿Es Prohaska un voyeaur del horror, un sádico, o un testigo de la Historia y un artista que deja su legado?
Desde luego esa pregunta la tiene que responder cada lector de manera personal. En mi opinión, Prohaska hace un trabajo sucio, duro; de hecho, él, al hacerlo, sufre mucho. Pero, ¿se puede culpabilizar a alguien que retrata lo que sucede y que no hace nada? ¿Realmente no está haciendo nada?
El debate que se puede generar en torno a este tema es muy amplio y controvertido, así que os animo a participar y a dejar vuestro comentario en este post. Pero no quiero terminar sin hacer alusión a dos de las frases que, como os decía, deja huella por lo bonito de la estética de esta novela.
“No existe en alemán una palabra para designar a los padres que han perdido a sus hijos […] Tampoco en español existe una palabra que designe al padre que ha perdido a su hijo, salvo lo que la Academia denomina un uso poético de la palabra huérfano. Es como si el lenguaje, ante el dolor más grande que existe en el mundo, no se atreviera a nombrarlo más que perífrasis o encubrimientos. No hay un vocablo exacto, unívoco, para designar una pena tan absoluta. El lenguaje es así de pudoroso”.
“Pero ella me enseñó esa verdad que a menudo nos obstinamos en ignorar: que a menudo son las personas que pasan, y no las que permanecen, las que juegan un papel decisivo en nuestras vidas. ¿Por qué? Precisamente porque la vida no las gastó, porque su memoria, para lo bueno y para lo malo, permanece a salvo del paso del tiempo, que todo lo ensucia”.
El fin de semana pasado celebrábamos la Feria del Libro y la Cultura de Parla, un evento que cumple ya tres años y alrededor del que nos juntamos muchos de los amantes de los libros. En cada edición, el Club de Lectura de Parla Este ha tenido un huequito para reunirse en el marco de esta Feria, pero este año ha sido especial porque, al fin, hemos puesto cara a los integrantes del resto clubes de lectura.
Y lo hicimos alrededor de una obra que me ha parecido muy especial en muchos sentidos, ya que abre un debate en torno a una faceta que toca muy de cerca a los periodistas: ¿es moral ser testigo de sucesos atroces sin hacer nada? Ahora lo veremos.
El moderador del debate, el escritor parleño Carlos Lapeña, me pidió que abriera la sesión y lo quise hacer mostrando aquello que más me había marcado del libro que, paradójicamente, no tiene que ver con el tema central que os he dicho en el párrafo anterior. Medusa, de Ricardo Menéndez Salmón, me ha transmitido mucha belleza en la forma, es decir, es un libro exquisitamente escrito, es prosa que parece verso. Además, en muchas de las páginas encuentras perlas de reflexión de esas que te hacen bajar el libro, mirar a la nada al horizonte y quedarte un rato pensando.
Pero, en realidad, la temática de esta novela es devastadora. Prohaska es un artista alemán que trabaja para el Ministerio del Reich para la Ilustración Pública y Propaganda. En el desempeño de su trabajo como fotógrafo, inmortaliza las escenas más duras y sombrías de la Alemania nazi; capta verdaderas atrocidades escondido detrás de su objetivo.
En el debate que mantuvimos los miembros de los clubes de lectura de Parla había sensaciones encontradas. Por un lado, muchos pensaban que Prohaska era tan culpable como los monstruos que cometían verdaderas barbaridades contra los judíos mientras que otros, por el recorrido del personaje, por la forma de ser que nos relata el autor, y por otra serie de características que se narran en la novela, pensábamos que Prohaska era una persona que fue testigo de esa situación pero que también pudo serlo en otra. De hecho, dice de sí mismo en un momento del relato: “Si Alemania hubiera sido comunista, yo hubiera sido su fotógrafo. Pero mi Alemania adulta fue fascista. Y yo, que no tengo ideología, estaba allí”.
Desde luego, el libro relata la culpa y las secuelas personales que este trabajo deja en Prohaska, que un día abandona su Alemania natal para no volver y viajar por el mundo retratando el horror y la barbarie alrededor del globo. ¿Es Prohaska un voyeaur del horror, un sádico, o un testigo de la Historia y un artista que deja su legado?
Desde luego esa pregunta la tiene que responder cada lector de manera personal. En mi opinión, Prohaska hace un trabajo sucio, duro; de hecho, él, al hacerlo, sufre mucho. Pero, ¿se puede culpabilizar a alguien que retrata lo que sucede y que no hace nada? ¿Realmente no está haciendo nada?
El debate que se puede generar en torno a este tema es muy amplio y controvertido, así que os animo a participar y a dejar vuestro comentario en este post. Pero no quiero terminar sin hacer alusión a dos de las frases que, como os decía, deja huella por lo bonito de la estética de esta novela.
“No existe en alemán una palabra para designar a los padres que han perdido a sus hijos […] Tampoco en español existe una palabra que designe al padre que ha perdido a su hijo, salvo lo que la Academia denomina un uso poético de la palabra huérfano. Es como si el lenguaje, ante el dolor más grande que existe en el mundo, no se atreviera a nombrarlo más que perífrasis o encubrimientos. No hay un vocablo exacto, unívoco, para designar una pena tan absoluta. El lenguaje es así de pudoroso”.
“Pero ella me enseñó esa verdad que a menudo nos obstinamos en ignorar: que a menudo son las personas que pasan, y no las que permanecen, las que juegan un papel decisivo en nuestras vidas. ¿Por qué? Precisamente porque la vida no las gastó, porque su memoria, para lo bueno y para lo malo, permanece a salvo del paso del tiempo, que todo lo ensucia”.
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